
Un corazón puede dañarse de muchas formas, la más común (pensamos) y lo que primero se viene a la mente al leer el título de este artículo es: el desamor, ese antagonista que cada tanto llega a nuestra vida encarnado en una pareja que nos abandona, un amigo que nos traiciona, un familiar que nos decepciona, un apenas conocido que nos rechaza, entre otros huéspedes que suelen ser poseídos por esta fuerza desgarradora que nos arrebata la felicidad y nos hace sentir no merecedores de ese sueño tan anhelado llamado “amor” y que muchos ubicamos en la cima de la montaña de la felicidad.
Si llegaste a este punto esperando consejos para superar una ruptura amorosa, algo que te diga cómo acabar con ese vacío en el pecho que deja la caída estrepitosa del ser que amamos desde la nube en la que lo montamos, tienes que leer esto hasta el final.
No voy a negar que he sentido ese mismo vacío y también he corrido a leer artículos de internet que me prometen una salida confiable: el tiempo, la soledad, otro clavo, “comer, rezar, amar”, Tinder, Bumble, helado, chocolate y hasta paracetamol, pero ninguno de esos consejos me preparó para el día en el que realmente vi un corazón partirse en mil pedazos y no tuve más remedio que contener el llanto y rezar para que no dejara de latir.
El síndrome del corazón roto
Sí, sí existe y No, no es una tusa, de hecho si buscan en internet encontrarán que “El síndrome del corazón roto es una afección cardíaca temporal que a menudo es provocada por situaciones estresantes y emociones fuertes”, sus síntomas son angina de pecho y dificultad para respirar, síntomas comúnmente asociados al infarto, esta situación suele ocurrir en eventos extremos para el paciente y suele requerir observación médica y, aunque no supone un riesgo mortal para quien lo padece, sus síntomas suelen ser incapacitantes.
Era precisamente esto lo que personalmente pensé que tenía mi mamá, llevaba varias semanas quejándose de dolores en el pecho, cuello, cansancio, dificultad para dormir, ansiedad, entre otros síntomas que los médicos, ella y yo, asociamos con un nivel alto de estrés y espasmos musculares.
Ahora, unos cuantos meses después, he descubierto que los síntomas de infarto en las mujeres son variados y suelen ser mal diagnosticados.
Según la Fundación del Corazón, las mujeres presentan síntomas diferentes a los hombres que hacen más difícil el diagnóstico de infarto en ellas, entre estos y el más determinante es el dolor torácico menos específico y mayor tolerancia a los síntomas, lo que desencadena en un diagnóstico tardío.
En una visita particular a un cardiólogo y después de una prueba de esfuerzo nos llegó la noticia, mi mamá había sufrido varios pre-infartos y un infarto que poco a poco le arrebataba la vida y de paso a nosotros, su familia, también.
Desde ese momento todo lo recuerdo como una película hecha por el más loco de los directores. La línea de tiempo, el guión, los giros inesperados, personajes inolvidables como los médicos, las enfermeras y los otros pacientes, todo lo que les relate en unos párrafos se quedaría corto para la odisea que vivimos en esas semanas (que ni siquiera puedo recordar cuántas fueron).
Entre los trámites de la eps, malas noticias, buenas noticias, las pocas horas que teníamos para verla, el dolor y la esperanza, transcurrieron los largos días que puedo resumir en que el infarto de mi mamá fue ocasionado por la obstrucción de las dos arterias principales del corazón.
En el cateterismo el cardiólogo definió que la única opción de Helena para sobrevivir era someterse a una cirugía de corazón abierto para reemplazar las dos arterias afectadas, con el agravante de que sus venas estaban debilitadas y el riesgo de que estas no aguantaran la cirugía era tan alto que una junta médica nos reunió a mi hermana, a mi mamá y a mí para escuchar todos los escenarios.
Desde el momento en el que Helena pisó el hospital no la dejaban moverse, el riesgo era tan alto que la única opción era la cirugía o una camilla para el resto de su vida (que serían pocos días), era ¡Todo o nada!
El médico le explicó a mi mamá los riesgos, cómo estaba su corazón, cómo sería la cirugía y los porcentajes de supervivencia, todo esto con una frialdad, supongo yo, necesaria y una claridad que en el momento me pareció desgarradora, pensé en llorar, en gritar, pero al mirar su rostro angustiado me pregunté ¿Qué se sentirá escuchar que tienes un riesgo tan alto de morir? Evidentemente, debe ser más doloroso que escuchar que tu mamá probablemente va a morir y de inmediato puse mi dolor en pausa, la protagonista de esta historia era solo ella.
No recuerdo si me estaba agarrando la mano, pero en ese momento sentí que su única línea con la vida estaba sostenida de nosotras y por primera vez la vi tan frágil, a punto de romperse, comenzó a llorar, le suplicó al cardiólogo -Mi familia es muy hermosa yo no me puedo morir- , siguió llorando, nos miró a nosotras y nos dijo -Prometanme que si me muero van a cuidar a mi Lázaro-, Lázaro, mi padre es un roble de 93 años, mi mamá de 63, aún en el filo de la vida, solo podía pensar en él, en no dejar solo al hombre que la ha acompañado por más de 30 años y jamás le ha roto el corazón.
Esa mañana de viernes, tanto ella como nosotras decidimos aferrarnos a la esperanza, mi hermana y yo nos miramos, no nos dijimos ni una sola palabra, pero lo entendimos ¡El pacto era no llorar!
Limpiamos sus lágrimas, la consolamos y le prometimos que iba a vivir, ella nos creyó, no volvimos a pensar en lo malo, no permitimos ni un segundo ese fin de semana que la idea de un futuro sin ella nos invadiera, le pedimos a familiares y amigos que no se despidieran, hablamos de lo que vendría,de cómo sería el mundo después de esa cirugía.
Tres días teníamos antes de ese momento crucial, pudimos decidir pasarlo llorando o simplemente afrontar con fuerza los minutos y las horas que inevitablemente pasarían, hasta el momento de verla partir o renacer. Una sola hora teníamos para verla cada día y en esos minutos hablábamos de todo menos de la cirugía, pero eso sí, nos agarramos de la mano cada segundo que pudimos.
Justo en esos días leí que las nutrias se cogen de la mano mientras duermen para evitar que la corriente del agua las arrastre y las separe.
Ese lunes llegamos a la cita mi hermana y yo, arregladas, sin un solo rastro de lágrimas en los ojos, con la fuerza que mi mamá nos inculcó, pero ese no era nuestro mérito, era de ella que emitió desde el hospital toda la energía poderosa del amor que la ha caracterizado, desde una camilla seguía inundando nuestra alma de esperanza, mi papá desde casa, sin saber exactamente la gravedad de los sucesos, nos acompañó con sus rezos.
La hora llegó, nos reímos, la miramos, no nos despedimos, nunca la había visto tan tranquila, entró a cirugía y vi que sus manos se agarraban la una a la otra, mi hermana y yo nos aferramos a su vida, desde el momento que entró a cirugía sentí un dolor desgarrador, nunca ningún desamor me ha causado tanto sentimiento de abandono, de impotencia, ahí en ese momento entendí lo que era estar
absolutamente entregada, de rodillas, no sabía qué pensar o qué pedir, pero solo quería volverla a ver, cambiar mi corazón por el suyo, sentir su mano, oré y agradecí, pero mi hermana y yo no lloramos… hasta que el doctor salió…
Habían pasado unas tres horas de cirugía, el cardiólogo salió de la sala, nos llamó desde lejos, lo miré para buscar en su mirada algo de esperanza, pero estaba serio, no se movió hasta que llegamos, me vio agarrada a una virgen y me preguntó -¿Usted qué tiene ahí?- le dije -¡Una virgen, le estoy rezando por mi mamá!- Y él por fin sonrió… -Sigan rezando porque la mamá salió bien, fue muy dura la cirugía, pero está bien- .
¡Lloramos y nos abrazamos! No nos fuimos hasta que la vimos extubada, el sueño (o más bien la pesadilla) había terminado, nos habíamos agarrado de las manos, no nos soltamos y por un milagro de la vida y de su doctor despertamos juntas, la corriente de la vida no nos arrastró, nuestra familia
sigue unida, los cuatro, amando cada segundo, agradeciendo cada latido, sintiendo que vale la pena respirar por esos corazones que nos quitan el aliento, por esos latidos que estaríamos dispuestos a
intercambiar por los nuestros.
Helena está bien, más viva que antes, le conté que escribiría este artículo sobre ella, que no sabía qué decir exactamente pero que tenía el título: “¿Cómo curar un corazón roto?” y ella, desde su ya comprobada experiencia, sin vacilar, respondió: ¡Con amor!
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